¿Herido de muerte el INE?
Hoy la comunidad mexicoamericana perdió a una de sus grandes líderes: Dolores Huerta. Para mí, esta noticia tiene un peso personal. Tuve la fortuna de convivir con ella en varias ocasiones. Mi hija también tuvo la oportunidad de conocerla, y aquel encuentro le causó un gran impacto. Hoy ese recuerdo adquiere un valor profundo.
Hay personas cuya presencia nos ayuda a comprender la historia de una manera distinta. Conocer a Dolores significaba acercarse a una mujer que había dedicado su vida a defender la dignidad humana. Su trayectoria permite entender cuánto esfuerzo ha costado abrir espacios para nuestra comunidad y cuánta responsabilidad tenemos de mantenerlos abiertos.
Dolores fue cofundadora de la organización United Farm Workers y una voz fundamental en la defensa de trabajadores agrícolas, mujeres e inmigrantes. Su lucha puso en el centro a quienes demasiadas veces permanecían fuera de las decisiones, aunque su trabajo fuera indispensable para alimentar y sostener a este país.
Como mexicano que ha construido su vida en Estados Unidos, siento una gratitud por quienes abrieron camino antes que nosotros. Las oportunidades que hoy tenemos llevan detrás años de organización, sacrificios y personas dispuestas a enfrentar el rechazo. Dolores fue una de esas personas. Recordarla exige reconocer esa deuda.
Pienso en mi hija. Me conmueve saber que pudo conocer a una mujer cuyo ejemplo trasciende generaciones. Para una joven, encontrarse con alguien como Dolores puede ampliar la idea de lo que es posible. Su vida demuestra hasta dónde puede llegar una mujer latina que reconoce su propia voz y decide utilizarla para servir.
No pretendo hablar por mi hija ni poner palabras en sus recuerdos. Sé que conocerla le impactó, y eso me basta para entender que su legado también se transmite en encuentros personales. La historia cobra otra dimensión cuando podemos mirar a los ojos a alguien que ayudó a cambiarla.
Desde mi trabajo con empresarios latinos, encuentro una conexión profunda con esa defensa de la dignidad. El desarrollo económico debe traducirse en oportunidades para las familias, condiciones justas para quienes trabajan y posibilidades reales de salir adelante. Prosperar también implica preguntarnos a quién estamos ayudando a avanzar.
Hoy debemos hacer esa pregunta con honestidad. ¿Cómo tratamos a nuestros trabajadores? ¿Qué puertas abrimos para las mujeres? ¿Cómo acompañamos a los jóvenes? ¿Qué hacemos cuando alguien de nuestra comunidad enfrenta una injusticia? Honrar a Dolores requiere responder con acciones, incluso cuando hacerlo resulte incómodo.
Su “¡Sí se puede!” seguirá acompañándonos. Pero repetirlo también nos compromete a organizarnos, participar y sostener el esfuerzo cuando los resultados tardan en llegar. La esperanza necesita personas que la conviertan en trabajo cotidiano.
Hoy despido con tristeza y agradecimiento a una líder. Guardo el privilegio de haber convivido con ella y la alegría de que mi hija también la haya conocido. Ese recuerdo será parte de nuestra familia.
Gracias, Dolores, por abrir caminos. Que nuestro homenaje sea cuidar lo que ayudaste a conquistar y seguir construyendo oportunidades para quienes vienen detrás. Descansa en paz. Tu ejemplo seguirá convocándonos a actuar.




