Rescatan en San Francisco a hombre y su perro tras caer en acantilado
BERKELEY, California, EU, 24 de octubre de 2026.- Pasadas las 17 del jueves 22 de octubre, cuando la primera lluvia del otoño empezó a cubrir cada rincón de esta ciudad universitaria, las calles quedaron casi desiertas, como si una simple llovizna hubiera bastado para que estudiantes y vecinos se refugiaran en sus casas.
No era una tormenta, pero sí un aviso de lo que viene: los pronósticos anticipan para el Área de la Bahía un invierno de El Niño con hasta casi el doble de la lluvia habitual, una perspectiva que ya preocupa a quienes temen inundaciones y que llevó al alcalde de San Francisco, Daniel Lurie, a declarar un día después una emergencia local para preparar a la ciudad.
Mientras afuera la ciudad se escondía bajo los paraguas, en The Green Yogi, un estudio de yoga de Telegraph Avenue, unas 30 personas se quitaban los zapatos para hacer algo que casi nadie hace ya con un desconocido, y que en tiempos de pantallas y mensajes instantáneos parece casi un acto de rebeldía: mirarlo a los ojos, en silencio y sin prisa.
La cita era una sesión de Tantra Speed Date, un formato de citas rápidas que sustituye la clásica conversación de cinco minutos sobre el trabajo y el lugar de origen por abrazos, ejercicios de presencia y miradas sostenidas, y cuyas entradas costaban entre 45 y 90 dólares, según qué tan cerca de la fecha se compraran.
Yo llegué movida por la curiosidad periodística, sin saber muy bien qué esperar, y salí con una idea distinta de lo que significa ser hombre y ser mujer.
Eran más de las 18:30 horas cuando crucé la puerta, y el último participante llegó cerca de las 19:15, todavía con la chaqueta húmeda. Durante los primeros 10 minutos hubo espacio para la charla trivial que se escucha en cualquier fiesta, hasta que la facilitadora nos pidió formar un círculo y decir nuestros nombres en voz alta, un ritual que repetimos cuatro veces a lo largo de la noche, dos al inicio y dos al final.
Más tarde entendí que aquella insistencia tenía un propósito práctico, porque al terminar cada participante recibe por correo la lista de las personas con las que hizo match, con su nombre y un medio de contacto, de modo que olvidar un nombre equivale, en cierto sentido, a perder una oportunidad.
Éramos 15 hombres y 15 mujeres de entre poco menos de 30 y casi 60 años, y las razones que nos habían llevado hasta ahí eran tan variadas como los rostros del círculo.
Uno había llegado sin expectativas, porque necesitaba pareja para una fiesta de Halloween; otros, como yo, estaban ahí por la curiosidad de vivir la experiencia, y algunos buscaban conexiones más profundas que las que encuentran en su vida diaria.
Había una mujer que asistía como parte de un proceso de sanación, un hombre que había aterrizado desde Tokio el día anterior y otro, habitual de este tipo de encuentros, que aseguraba que lo ayudan a crecer espiritualmente.
Cuando se les preguntaba qué significaba el tantra, los asistentes recurrían a palabras como espiritual, conexión o magia, términos amplios que reflejaban más una sensación que una definición.
Deborah Kat, facilitadora en San Francisco del Tantra Institute y de Tantra Speed Date, ofrece una explicación más precisa, aunque reconoce que el concepto abarca muchas tradiciones distintas.
“El tantra es una palabra grande, una palabra paraguas, con muchos linajes y rituales distintos. Mi versión personal es que se trata de una práctica espiritual que usa el cuerpo como vehículo para conocer el espíritu”, me explicó.
Kat, nacida y criada en San Francisco, es educadora tántrica certificada y coach de sexualidad y de relaciones. Además conduce The Better Sex Podcast, un programa de entrevistas con especialistas en intimidad y pareja, y es cofacilitadora del 90-Day Relationship Experiment, un programa del Tantra Institute en el que los participantes ensayan durante tres meses una serie de relaciones con distintas parejas, acompañados por coaches que los guían semana a semana.

Según los resultados que ella misma publicó del encuentro celebrado en este mismo estudio el 30 de julio, aquella noche se realizaron 168 primeras citas guiadas, 85 por ciento de los asistentes logró al menos una conexión y cada participante obtuvo en promedio cuatro matches.
Toda la jornada giró en torno a la masculinidad y la feminidad, y esa idea se hacía visible en la disposición misma del círculo, donde los hombres permanecían de pie e inmóviles mientras las mujeres avanzaban de un participante a otro. Cuando le pregunté a Kat por qué no ocurría al revés, respondió con una metáfora que repetiría varias veces durante la noche.
“Porque lo masculino es el marco y lo femenino es el movimiento. Piénsalo así: lo masculino son las orillas del río y lo femenino es el río. Todos tenemos ambas energías, pero lo que crea polaridad entre dos personas es que una haga una cosa y la otra, la otra. Eso es lo que necesitamos para que haya química”, dijo.
Sobre esa base se construyeron los ejercicios, que alternaban preguntas sobre los deseos, sobre aquello que nos hace vulnerables y sobre nuestras pasiones y fortalezas, con dinámicas físicas que, aunque sencillas, resultaban sorprendentemente intensas, como experimentar el poder de un abrazo o, simplemente, sostener la mirada de otra persona sin decir nada.

Hicimos ese último ejercicio al menos dos veces, y en algún momento me di cuenta de que no recordaba la última vez que había mirado a alguien en silencio. Tampoco había reparado en el poder que tiene ese acto, en lo mucho que puede reconocerse en unos ojos cuando nadie habla y no hay una pantalla de por medio.
Los ojos que me tocó observar eran unos ojos cansados. Pertenecían a un hombre que parecía tener poco menos de 40 años, con el párpado caído, que no lograba sostener la mirada más de dos segundos seguidos y cuyo gesto transmitía una incredulidad que, por lo que alcancé a ver, compartían muchos en la sala.
Surge entonces la pregunta que justifica el experimento: ¿puede una mirada de 20 segundos lograr lo que no consiguen meses de mensajes en una aplicación?
La ciencia ofrece al menos una pista de que la intuición no es descabellada. En un estudio con rastreo ocular durante citas rápidas reales, en el que 30 hombres y 30 mujeres participaron en cuatro citas cada uno, los participantes tendieron a elegir como pareja a las personas con quienes habían compartido más contacto visual.
La actividad que más me conmovió llegó cerca del final, cuando cada mujer abrazó a un hombre mientras él la sostenía, respiró profundo, se tomó un momento para sentir lo que ocurría y repitió en voz alta: “Hermano, te perdono por el daño que me has causado”.
Después se invirtieron los papeles, y fueron los hombres quienes, desde el mismo abrazo, dijeron: “Hermana, te perdono por el dolor que me has causado”.
La fuerza de ese momento se explica porque muchas mujeres y muchos hombres cargan asuntos pendientes con lo femenino y lo masculino, heridas que rara vez se nombran en voz alta pero que casi todos reconocemos, porque prácticamente cada persona tiene una historia que la marcó de alguna manera. Kat asegura que ha visto ese efecto repetirse en cada círculo que ha guiado.
“Siempre hay una persona, por lo general una mujer, que dice: ‘Nunca había experimentado a los hombres así’. Cada vez que lo escucho me dan ganas de llorar. Y los hombres suelen decir que nunca una mujer los había sostenido así”, contó.
La pregunta inevitable es si esta clase de encuentros puede competir con las aplicaciones de citas, y la respuesta que ofrecen los datos es más matizada de lo que sugiere el entusiasmo de la sala.
Las apps siguen siendo una vía real para formar pareja: según el Pew Research Center, uno de cada 10 adultos con pareja conoció a la suya en una aplicación o sitio de citas, proporción que sube a uno de cada cinco entre los menores de 30 años. Por su parte, la plataforma de bodas The Knot calcula que alrededor de 27 por ciento de las parejas que se casaron en 2025 se conocieron en línea.

Sin embargo, el modelo que convirtió el amor en un gesto del pulgar muestra señales de desgaste que ya se reflejan en los balances de las empresas.
Tinder, la aplicación más popular de Match Group, cerró 2025 con una caída de ocho por ciento en sus usuarios de pago, hasta ocho millones 800 mil.
En el segundo trimestre de 2026 promedió ocho millones 500 mil, cinco por ciento menos que un año antes, con descensos también en sus usuarios activos diarios y mensuales. Bumble, su principal competidora, perdió en el mismo periodo 16 por ciento de sus suscriptores de pago, que quedaron en tres millones 160 mil.
La excepción dentro de la industria resulta reveladora. Hinge, la aplicación que se promociona como diseñada para ser borrada y que apuesta por conversaciones más profundas que el simple deslizamiento de perfiles, aumentó en 17 por ciento sus usuarios de pago y en 26 por ciento sus ingresos durante el último trimestre de 2025.
Además, financia a través de un fondo de un millón de dólares encuentros presenciales gratuitos o de bajo costo en Nueva York, Los Ángeles y Londres.
Los datos no demuestran que una tendencia cause la otra, pero dibujan una correlación difícil de ignorar: mientras las plataformas basadas en el volumen de perfiles pierden suscriptores, crecen tanto la aplicación que empuja a sus usuarios fuera de la pantalla como los eventos en persona.
Una encuesta de Forbes Health encontró que 78 por ciento de los usuarios de aplicaciones de citas se siente agotado, y Eventbrite reportó un aumento de 42 por ciento en la asistencia a eventos presenciales para solteros entre 2023 y 2024, una señal de que cada vez más personas buscan fuera del teléfono lo que no encuentran dentro de él.
Kat resume esa diferencia con una imagen que le escuchó a una amiga y que, a su juicio, explica por qué ambos mundos no son equivalentes.
“Una app de citas es como un GPS de quién está en tu zona: hay alguien por aquí, alguien por allá. Los eventos en persona, en cambio, reúnen a la gente en conexión, presentes, más allá de la superficie”, dijo.
Para la facilitadora, lo que falta en la vida de muchos solteros no son amigos ni vida social, sino herramientas para relacionarse con profundidad, algo que la cultura popular rara vez enseña.

“Lo que vemos en la televisión es que dos personas se ven al otro lado de la sala y de pronto todo encaja, pero así no funciona. Tienes que poder hablar con alguien, estar presente con alguien. Enseñarles a los hombres a sostener el espacio para lo femenino es increíble, y enseñarle a lo femenino a estar con lo masculino desde el aprecio es oro”, afirmó.
El formato, creado por Guy Shahar y en funcionamiento desde 2017, asegura haber facilitado más de 357 mil citas en más de dos mil eventos en más de 70 ciudades del mundo.
Su capacidad de adaptación quedó a prueba durante la pandemia, cuando las sesiones se trasladaron a la pantalla, y Kat cuenta que una amiga conoció a su esposo en una de esas citas virtuales.
Hoy organiza unos dos eventos al mes entre Berkeley, San Francisco, San José y Santa Cruz, ha facilitado también en Denver y Los Ángeles, y si tuviera que definir con una palabra al público de la Costa Oeste, elegiría la receptividad.
“En Nueva York sentía que tenía que esforzarme más”, admitió.
La experiencia también transformó a la propia facilitadora. Relata que, cuando empezó a guiar estos encuentros, su relación de pareja atravesaba un momento apagado, y que llevar a casa lo que aprendía en los círculos cambió esa dinámica de manera notable.
“Cuando la gente conecta contigo, conecta más con su propia vitalidad. Eso era lo que yo me llevaba: podía volver a casa más viva”, dijo.
Al final de la noche, mientras recogíamos los zapatos en la entrada, los asistentes hablaban de todo lo que se llevaron de la sesión: amor, sanación, esperanza y, sobre todo, de una nueva manera de mirar a la gente. Yo no conocí al amor de mi vida en ese círculo, porque ya lo conozco, pero mi visión de la masculinidad se transformó de una forma que todavía me estoy explicando.
Quizá la respuesta a la pregunta inicial no esté en los 20 segundos de mirada, sino en el valor que exige presentarse. Quitarse los zapatos, decir el propio nombre en voz alta y permitir que un desconocido sostenga tu mirada en una noche de lluvia es, en sí mismo, un intercambio de energía, de optimismo y de coraje que convierte la experiencia en algo único para cada participante.
Cuando salí, seguía lloviendo en Berkeley, y las calles seguían vacías.




