Convierten el Día de los Muertos en un ritual para sanar el duelo
OAKLAND, California, EU, 26 de octubre de 2026.- En el condado de Alameda existe un comité de madres relativamente nuevo, formado este año por 11 mujeres que comparten la herida de perder a un hijo durante el embarazo o en sus primeros días de vida. Este domingo 25 de octubre, en la celebración de Día de Muertos del Museo de California en Oakland (OMCA), levantaron un altar dedicado a esos bebés, pero su historia comenzó mucho antes, hace casi 20 años, en un programa de salud pública que nació para que las madres latinas no atravesaran solas ese duelo.
El altar se distinguía a la distancia entre las ofrendas del museo. En lo alto, unas alas blancas de ángel coronadas con hortensias azules y rosadas; debajo, sobre manteles blancos, una hilera de ositos de peluche vestidos con suéteres y gorritos, rodeados de corazones de fieltro bordados con nombres, frascos de comida para bebé, botellitas de jugo y leche, pan de muerto, mandarinas, naranjas y ramos de cempasúchil. Al pie, una manta extendida sobre el suelo guardaba decenas de huellas de manos pintadas en azul, rosa y amarillo, enmarcadas por un camino de pétalos anaranjados.
“Este altar ha sido para sanar el dolor de una madre que ha perdido a su hijo en el vientre”, explicó Nancy Macías, una de las madres que participa en el proyecto. “Cada osito representa al bebé de la familia. Ha habido familias con hasta dos o tres pérdidas, y cada bebé está aquí presente”.
Detrás del altar está Isabel Aguilar, trabajadora social médica y cofundadora de MADRE (Maternal Access and Linkages for Desired Reproductive Health), un programa que el Departamento de Salud Pública del Condado de Alameda creó en mayo de 2006 y que más tarde pasó a llamarse DREAMS.
“Había un vacío en los servicios para las mujeres latinas que habían perdido a sus bebés”, recordó Aguilar, quien junto con su supervisora y otras trabajadoras sociales diseñó desde cero el protocolo y los formularios. En julio de ese mismo año comenzaron a recibir a las primeras madres, referidas por hospitales y organizaciones comunitarias.
El programa atendía a residentes del condado elegibles para Medi-Cal que hubieran sufrido dos o más abortos espontáneos, una pérdida fetal, a partir de las 20 semanas de gestación, o una pérdida neonatal. Además del acompañamiento en el duelo, las trabajadoras sociales ayudaban con trámites médicos y de seguridad social, daban seguimiento a las referencias y, si la mujer volvía a embarazarse, la acompañaban a sus citas médicas, al hospital durante el parto y en el cuidado del bebé hasta sus dos años. Según el condado, el servicio se ofrecía en español y en mam, una lengua maya de Guatemala.
Aguilar explicó que una de las experiencias más duras para las familias era la falta de respuestas. “Lamentablemente, encontramos en el trabajo que en la mayoría de las pérdidas los médicos no sabían por qué había ocurrido”, señaló. “Y eso es algo que afecta el duelo de los padres: no saber qué pasó”.
De acuerdo con el Departamento de Salud Pública de Alameda, la tasa de muerte fetal entre mujeres latinas del condado fue de 4.7 por cada mil nacimientos entre 2018 y 2020, ligeramente por encima del promedio del condado, de 4.5. En 2022 nacieron en Alameda cuatro mil 747 bebés de madres latinas, casi tres de cada 10 nacimientos.

Con los años, el equipo entendió que el apoyo clínico no bastaba. Aguilar explicó que el duelo por un bebé perdido en el vientre o recién nacido es distinto al de un hijo mayor o al de otro familiar, y que con frecuencia el entorno lo invalida. “La sociedad les dice a los padres: olvídalo, ya pasó, vas a tener otro hijo. Es decir, minimizan el dolor”, afirmó. “Como si tuvieran derecho sobre sus sentimientos, sobre cómo tienen que reaccionar”.
De esa reflexión surgió, hacia 2008, la idea del altar. Antes de montarlo, las madres participaban en cinco a siete sesiones de “duelo a través del arte”, en las que elaboraban las piezas que luego exhibían en espacios públicos. En 2015, 30 mujeres del programa crearon nichos —pequeños altares en caja— para la exposición Nuestros Angelitos del propio museo de Oakland, según reportó entonces el medio Oakland North.
Aguilar relató que el programa terminó y que desconoce con certeza la causa, aunque cree que pudo deberse a falta de fondos. Las madres, sin embargo, no quisieron perder el ritual. “Cuando cerró el programa, las madres dijeron: ¿qué vamos a hacer ahora? Queremos continuar con esto, significa mucho para nosotras”, contó.
Así nació el comité, que se reunió por primera vez en marzo y comenzó a planear el altar en junio. Hoy lo integran entre 11 y 12 madres, entre ellas Macías y Guadalupe Vega, quien también acompañó la ofrenda este domingo. El grupo se financia por su cuenta: desde la etapa del programa, cuando los fondos del condado para esta actividad eran mínimos, las madres reciclan botellas para comprar flores y materiales, y la mayoría de los insumos sale de su propio bolsillo.
La organización no es sencilla. El comité trabaja en buena parte en línea, porque sus integrantes viven en distintas ciudades del condado, como Oakland, Berkeley, Fremont y Pleasanton, y no cuentan con un espacio físico para reunirse. “La mayoría de las madres y los padres van a la escuela o tienen niños pequeños”, explicó Aguilar, quien ahora las acompaña a petición de ellas. “Son padres comunes”.
Por ahora, el objetivo es consolidarse e incorporar a más madres de la comunidad que se identifiquen con esta experiencia. Mientras tanto, durante toda la jornada, madres, padres y hermanos permanecieron junto al altar, cuidando a sus angelitos.
La celebración comunitaria de Día de Muertos del OMCA, organizada por un comité de voluntarios junto con el museo, cumplió este año su edición 32.
La tradición mexicana del Día de Muertos reserva un lugar especial para los niños, a quienes se recibe con dulces, juguetes y alimentos sencillos, en la víspera de la jornada dedicada a los adultos. El altar de las madres retoma esa costumbre con ofrendas pensadas para quienes apenas comenzaban a vivir: comida de bebé, hierbas, jugo y leche, además del tradicional pan de muerto y fruta de temporada.
Macías relató que la pieza central de este año fue el trabajo colectivo de las familias. “Cada mano es de los hermanitos. Cada hermanito puso sus manos”, dijo al señalar la manta del suelo. “Y lo más bonito es que los papás también trabajan. Los papás hicieron todo lo que está alrededor, hicieron el corazón. Todos aportamos un poquito”.
Un cartel bilingüe, colocado junto a una caja con tarjetas para escribir un pensamiento o una oración a un ser querido, resumía el sentido de la ofrenda: “Honramos a los que llevamos en el corazón, pero nunca en los brazos, a los que nacieron durmiendo, y a los recién nacidos que partieron a los pocos días”.




